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domingo, 7 de marzo de 2010

Cuando desperté...

Tras ver el éxito que ha tenido el cuento de Carmelo, nos hemos animado a publicar también el que escribió Natalia Alonso, de 2º de ESO. Su historia también abre las puertas a una amistad o… ¿quién sabe?

Sin cohesión

Cuando desperté el dinosaurio aún estaba ahí. Pensaba que era un sueño, que todo era fruto de mi imaginación y que, al despertar, volvería todo a ser como antes, pero por desgracia, me equivocaba. Anduve sigilosamente a su alrededor observando su piel. Tenía varias heridas y algunas de ellas eran bastante profundas. Seguía vivo. Su cuerpo aún desprendía calor. Me senté sobre una roca de superficie plana y me quedé ensimismada observándole.

Al rato despertó.

Le noté algo aturdido. Miraba a su alrededor de la misma manera que yo al levantarme de aquel suelo mugriento. Pero eso no fue lo más sorprendente. Lo que consiguió paralizarme por completo fue aquel instante en que me sonrió y dijo: ‘’Hola’’.

No tuve palabras, y eso que yo nunca me suelo quedar corta en el momento de responder, pero aquello no era normal ¡Era un locura! Tenía que responderle. Callada no iba a solucionar ninguna de todas las preguntas que comencé a plantearme. Podría haber sido más educada pero, que conste que dije lo siguiente sin pensar. No era culpa mía haberme encontrado con un dinosaurio al día siguiente.

- ¿Qué te ha pasado? Mejor dicho, ¿cómo has llegado tú hasta aquí?

- No tengo ni idea. No recuerdo nada. Ha sido todo tan rápido…

- ¿Rápido?

- Sí, me desperté aquí, a tu lado.

Dio una vuelta alrededor de mí. Me miró de arriba abajo y se ‘cayó’ al suelo como si acabase de venir de competir en los juegos olímpicos. Yo estaba asustada. Seguía en el mismo sitio desde que él abrió los ojos. Le vi hablar solo, por lo bajo, reflexionando y aclarándose de lo que estaba sucediendo.

- ¿Cómo te llamas? – me preguntó.

- ¿Quién? ¿Yo? – le contesté.

Me miró con una cara en la que vi una expresión que me decía ‘’¿Tú que crees?’’. Miré a mi alrededor para asegurarme de que no había nadie.

- Natalia, ¿y tú?

- Rólandi – me dijo enorgulleciéndose.

- ¿Qué? – no entendí lo que me decía.

- He dicho: Rólandi

- ¿Rólandi? Interesante nombre.

- ¿Sabes quién soy?

- Sí, Rólandi.

- ¡No sabes quién soy! – me dijo algo más sorprendido de lo común.

- ¿Tan importante eres que he de saberlo?

- Por supuesto – contestó sacando pecho.

- Pues dímelo.

- Soy el príncipe de este país.

- Ah… pues vale.

- ¿Cómo has dicho?

Ni contesté. Di media vuelta y comencé a andar. Tenía intriga por descubrir cómo era su país y con él solamente perdía el tiempo, si es que lo había, que ni siquiera lo sé.

- ¡Vuelve aquí! ¿Dónde crees que vas? – me gritaba desde lo lejos indignado.

Me detuve, le miré, volví a girarme y mientras caminaba le contesté.

- Lejos de ti, eso tenlo muy seguro.

La expresión de la cara de Rólandi era muy clara. No le hice ni caso y con eso sólo conseguí una cosa: interesarle. Comenzó a correr hasta alcanzarme. Le miré, sonreí y mis ojos se posaron en el horizonte.

- ¿Dónde vamos, Natalia? – me preguntó.

- No tengo ni idea. – contesté sin preámbulos.

- ¿Caminamos sin rumbo? – me dijo, algo asustado.

- Exacto, sin rumbo fijo.

- ¿Puedo ir contigo?

- No sé, déjame pensar… – le dije haciéndome la interesante. – Bueno, está bien. Con una condición.

- ¿Cuál?

- Que me muestres todos los secretos de tu reino.

- Por mí genial.

Le guiñé un ojo dándome cuenta de que esto sería algo más que una simple aventura…

Fin

Natalia Alonso

2º ESO

jueves, 4 de marzo de 2010

El día de la nieve, en el cole hubo dinosaurios

Nos quedamos poquitos sin ir a la excursión, y sin embargo, hubo producción literaria de calidad. Una muestra de esto es el relato que escribió Carmelo Pérez, de 2º de la ESO.

El ejercicio era el siguiente: a partir del famoso microrrelato de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, y con unas pequeñas variaciones, los chicos de 1º y 2º dejaron volar su imaginación y escribieron cosas como esta:

Una gran amistad entre dos especies

Cuando desperté, el dinosaurio aún estaba ahí. Le había ayudado a cuidar a sus crías. El dinosaurio no sabía qué hacer ni cómo darme las gracias.
Gracias a mí las crías seguían vivas, pero esto solo es el principio de una larga amistad.

Ahora contaremos lo que pasó.

Un día lluvioso iba yo caminando por el bosque. Al ver una gran torre, corrí a refugiarse en ella. Estaba hambriento, no había comido nada desde el día anterior.

Al llegar a donde yo creía haber visto la torre, comprobé que no solo era una torre sino un gran castillo con una gran muralla. En las torres había unos vigilantes con grandes arcos y unas flechas muy bien hechas. Encima de las murallas había muchos guerreros esperando que algo les atacara. Al verme tan débil y tan pálido, me dejaron entrar y me dieron de comer. Me asearon y me vistieron con ropa de muy buena calidad.

De repente oí un gran estruendo que me despertó. Salí corriendo y al mirar por una de las ventanas de la torre en la que estaba, lo vi. Era una criatura majestuosa y con un gran poder destructivo: era un gran dinosaurio. Todos los vigilantes que había le atacaban con gran fuerza, como si supieran que vendría. De repente entendí todo. Vi una jaula al otro lado del castillo que contenía una cría de dinosaurio, esa gran dinosaurio era su madre que venía a rescatar a su hijo.

Yo fui corriendo hacia la jaula, abrí la puerta y cogí a la cría en brazos. Me la llevé corriendo y me fui por el comedor del castillo. Allí había una puerta, me metí ahí, bajé unas largas escaleras y llegué a unas mazmorras en las que había un pequeño pasadizo, pero de repente y sin ninguna razón, la cría empezó a llorar. Toda la guardia se alertó y corrió hacia el lugar en el que me encontraba.

Solo me quedaba la posibilidad de escapar por el pasadizo, y eso hice. Mientras tanto, la madre dinosaurio consiguió derrumbar un gran trozo de muralla, por ahí salí yo con la cría. La madre estaba herida por haber chocado tantas veces con la muralla y al ver a su cría conmigo, me cogió por el cuello de la camisa y se fue corriendo hacia su gran cueva.

La madre, contenta con que sus tres hijos estuvieran juntos de nuevo, se tumbó. Yo me fui corriendo a por unas plantas medicinales que conocía y volví corriendo a la cueva. Me subí encima de la madre dinosaurio y le extendí el remedio por todas las heridas. Luego salí otra vez a por comida para las crías, volví a la cueva y les di de comer unas frutas como un par de papayas, unas manzanas y una gran cantidad de mandarinas. Con eso comimos las crías de dinosaurio y yo. Hasta sobró comida para la madre dinosaurio.

Cuando despertó el dinosaurio, yo aún estaba ahí y me quedé para siempre con ellos. Vivimos felices para toda la eternidad.

Fin

Carmelo Pérez, 2º ESO